El blusón estaba bien, era de gasa negra, de escote cuadrado y bajo y mangas largas, y me lo ceñía con un cinturón que hacía juego. Durante un segundo acaricié la idea de volver a casa para ponerme otra ropa, pero caí en la cuenta de que en casa no tenía nada más presentable. Me volví hacia el asiento trasero y rebusqué entre la surtida colección de trebejos y cachivaches que suelo dejar allí. Mi coche es un Volkswagen beige de cuatro asientos, de esa especie que denominan Cucaracha y que resulta genial para vigilar a la gente en casi todos los barrios. Para pasar inadvertida allí habría tenido que alquilar una limusina de las grandes. No me cabía la menor duda de que cada jardinero tenía un Volvo.

Aparté los libros jurídicos, los archivadores, el estuche de herramientas, el maletín donde guardo con llave la pistola y… ¡coño!, lo que buscaba: unos pantis viejos y útiles como filtro de café en caso de emergencia. Encontré en el suelo unos zapatos negros de tacón alto que había comprado cierta vez que había querido hacerme pasar por puta en un lugar de mala muerte de Los Ángeles. Cuando llegué al lugar de mala muerte, descubrí que todas las putas visibles iban vestidas como colegialas y renuncié al disfraz.

Arrojé las sandalias al asiento trasero y me quité los pantalones. Me puse los pantis, saqué brillo a los zapatos con saliva y me los calcé. Cogí el cinturón del blusón y me lo até con un nudo exótico alrededor del cuello. Encontré una cajita de rímel en el fondo del bolso y me repasé la cara tras inclinar el espejo retrovisor para poder verme. Tenía una pinta algo rara, pero ¿se darían cuenta los de dentro? Excepción hecha de Bobby, ninguno de los que estaban en la casa me había visto nunca. Eso esperaba.

Salí del coche y traté de no perder el equilibrio. No llevaba tacones tan altos desde que iba a primera enseñanza y jugaba a disfrazarme con la ropa vieja de mi tía. Sin cinturón, el blusón me llegaba hasta medio muslo y el tejido, que era ligerísimo, se me pegaba a las caderas. Si me ponía delante de la luz se me transparentarían las bragas del bikini, pero me daba igual. Ya que no puedo permitirme el lujo de vestir bien, por lo menos me invento trucos para que no se note. Aspiré una profunda bocanada de aire y avancé taconeando hacia la puerta.



20 из 235