El camino se había transformado en un patio ancho y pavimentado. Enfrente de mí se alzaba una casa. El corazón me dijo que Bobby Callahan vivía allí y no en los hogareños habitáculos de la entrada. Estos eran, sin duda, las dependencias de la servidumbre. La casa de verdad era lo otro.

Era tan grande como el instituto donde yo había hecho la segunda enseñanza y probablemente la había diseñado el mismo arquitecto, un hombre llamado Dwight Costigan, fallecido ya, y que con su solo esfuerzo había reavivado Santa Teresa en el curso de sus cuarenta años y pico de actividad profesional. El estilo, si no me equivoco, es un revival del colonial español. Admito que me he burlado de las paredes albeadas con adornos de yeso y estuco y de las techumbres de tejas rojas. Y que los arcos y las bunganvillas, y las vigas y balcones envejecidos artificialmente me han merecido mucho desprecio, pero jamás los había insto conjugados de aquel modo.

La parte central del edificio constaba de dos plantas y estaba flanqueada por sendos pórticos. Arcos y más arcos, sustentados por columnas de gran elegancia. Vi grupos de palmeras, portales con motivos escultóricos, ventanas de tracería. Había incluso un campanario, como en una misión antigua. ¿No había saltado Kim Novak de un sitio parecido? Parecía una mezcla de monasterio y decorado cinematográfico. En el patio había cuatro Mercedes estacionados, igual que en los publirreportajes de colores metalizados, y la fuentecilla del centro arrojaba un chorro de agua de cinco metros de altura.

Aparqué lo más a la derecha que pude y me inspeccioné la indumentaria. Los pantalones, ahora que me daba cuenta, tenían una mancha en la rodilla que sólo podía ocultar agachándome de modo que el blusón la tapara.



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