– Bueno, yo ya la había presentado, no me habían admitido y quería probar otra vez.

– ¿Qué hacías en el St. Terry?

– En realidad hacía de empleado para todo. Estuve en un montón de dependencias. Trabajé una temporada en Admisiones, rellenando formularios y papeles relacionados con los enfermos que solicitaban plaza. Pedía sus datos, preguntaba por la cobertura del seguro, cosas por el estilo. Luego estuve otra temporada en Archivos clasificando gráficos hasta que me aburrí. El último puesto que tuve fue de mecanógrafo, en Patología. Con el doctor Fraker. Un tío cojonudo. A veces me dejaba hacer experimentos en el laboratorio. En fin, ya ves, cosas normales.

– Sí, no parece que fuera peligroso -dije-. ¿Qué me dices de la universidad? ¿Podía estar relacionado con ella el lío en que estabas? ¿Con los estudiantes? ¿Los profesores? ¿Los estudios? ¿Con alguna actividad extraestudiantil en que estuvieras metido?

Por lo visto no recordaba nada y cabeceaba sin parar.

– No sé cómo. Terminé en junio y el accidente fue en noviembre.

– Pero piensas que eras el único que sabía… lo que fuese.

Recorrió el restaurante con la mirada y volvió a posarla en mí.

– Eso creo. Yo y el que quiso matarme para que tuviera la boca cerrada.

Estuve un rato mirándole, tratando de poner un poco de orden en todo aquello. Manché el café con una nube de lo que sin duda era leche sin pasteurizar. A los naturistas les encanta el sabor de los microbios y bichos afines.

– ¿Sabes durante cuánto tiempo estuviste en poder de esa información, fuera cual fuese? Porque me pregunto que… si tan peligrosa era en potencia… bueno, por qué no lo contaste todo en seguida.

Me miraba con suma atención.

– ¿A quién? ¿A la policía o algo así?

– Claro. Imagínate que viste a un ladrón con las manos en la masa, o que descubriste que fulano o mengano eran espías rusos… -Le fui enunciando las posibilidades a medida que las barajaba en la cabeza-. O que te enteraste de que había un complot para matar al presidente…



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