– ¿Hombre? ¿Mujer? -pregunté.

– No, no. También he olvidado eso.

– ¿Y cómo sabes que no era a Rick a quien buscaban?

Apartó el plato y pidió café por señas. Comprendí que se estaba esforzando por recordar.

– Es que pasó algo y por eso lo supe. Hasta aquí lo recuerdo. Recuerdo incluso que estaba en un aprieto. Asustado. Pero no recuerdo por qué.

– ¿Qué hay de Rick? ¿Tenía algo que ver en el asunto?

– Creo que no. No podría jurarlo, pero estoy casi seguro.

– ¿Y adónde ibais aquella noche? Tal vez haya alguna relación.

Alzó los ojos. La camarera estaba junto a él, cafetera en mano. Esperó a que nos sirviera el café. La camarera se alejó y Bobby esbozó una sonrisa de inquietud.

– ¿No sé quiénes son mis enemigos, entiendes? Tampoco sé si los que me rodean están al tanto de lo que he olvidado. Y no me gustaría que nadie me oyera, por si las moscas. Sé que me comporto como un paranoico, pero no tengo más remedio…

Siguió con los ojos a la camarera mientras ésta volvía a la cocina. Dejó la cafetera en su sitio, cogió un pedido que había en el poyo del ventanuco y miró a Bobby desde donde estaba. Era joven y pareció darse cuenta de que hablábamos de ella. Bobby volvió a limpiarse la barbilla como si acabara de ocurrírsele algo.

– Íbamos a un pub que se llama La Diligencia y que está en la montaña. Suele tocar allí un grupo de bluegrass y Rick y yo queríamos oírles. -Se encogió los hombros-. Es posible que hubiera más cosas, pero creo que no.

– ¿A qué te dedicabas entonces? ¿Qué solías hacer?

– Acababa de terminar el primer ciclo en la universidad de aquí y trabajaba por horas en el St. Terry en espera de que me aceptasen en la facultad de medicina.

La gente llama St. Terry al Hospital de Santa Teresa desde que tengo memoria.

– ¿No era ya un poco tarde para eso? Tengo entendido que la solicitud de matrícula se presenta en invierno y que las admisiones se comunican en primavera.



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