Como una cosa, en principio, no va sin la otra, es probable que otro objetivo del violento empellón que el señor les dio a las mudas lenguas de sus retoños fuese ponerlas en contacto con las interioridades más profundas del ser corporal, las llamadas incomodidades del ser, para que, en el porvenir, y con algún conocimiento de causa, se pudiera hablar de su oscura y laberíntica confusión, a cuya ventana, la boca, ya comenzaban a asomar. Todo puede ser. Como es lógico, por escrúpulos de buen artífice que sólo le favorecían, además de compensar con la debida humildad la anterior negligencia, el señor quiso comprobar que su error había sido corregido, y así le preguntó a adán, Tú, cómo te llamas, y el hombre respondió, Soy adán, tu primogénito, señor. Después, el creador se dirigió a la mujer, Y tú, cómo te llamas tú, Soy eva, señor, la primera dama, respondió ella innecesariamente, dado que no había otra. El señor se dio por satisfecho, se despidió con un paternal Hasta luego, y se fue a su vida. Entonces, por primera vez adán le dijo a eva, Vamonos a la cama.


Set, el hijo tercero de la familia, sólo vendrá al mundo ciento treinta años después, no porque el embarazo materno necesitase tanto tiempo para rematar la fabricación de un nuevo descendiente, sino porque las gónadas del padre y de la madre, los testículos y el útero respectivamente, tardaron más de un siglo en madurar y desarrollar suficiente potencia generadora. Hay que decirles a los impacientes que el fíat ocurrió una vez y nunca más, que un hombre y una mujer no son máquinas de rellenar chorizos, las hormonas son cosas muy complicadas, no se producen en un ir y venir, no se encuentran en las farmacias ni en los supermercados, hay que dar tiempo al tiempo. Antes de set llegaron al mundo, con escasa diferencia de edad entre ellos, primero caín y luego abel.



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