Un asunto que no puede dejarse sin inmediata referencia es el profundo aburrimiento que supusieron tantos años sin vecinos, sin distracciones, sin un niño gateando entre la cocina y el salón, sin otras visitas que las del señor, e incluso ésas poquísimas y breves, espaciadas por largos períodos de ausencia, diez, quince, veinte, cincuenta años, imaginemos qué poco habrá faltado para que los solitarios ocupantes del paraíso terrenal se viesen a sí mismos como unos pobres huérfanos abandonados en la selva del universo, aunque no hubieran sido capaces de explicar qué era eso de huérfanos y abandonados. Es verdad que día sí día no, y éste no con altísima frecuencia también era sí, adán le decía a eva, Vamonos a la cama, pero la rutina conyugal, agravada, en el caso de estos dos, por la nula variedad de posturas atribuible a la falta de experiencia, se demostró ya entonces tan destructiva como una invasión de carcoma royendo las vigas de la casa. Desde fuera, salvo algunos montonci-tos de polvo que van cayendo aquí y allí por minúsculos orificios, el atentado apenas se nota, pero por dentro la procesión es otra, no faltará mucho para que se venga abajo lo que tan firme antes parecía. En situaciones como ésta, habrá quien defienda que el nacimiento de un hijo puede tener efectos reanimadores, si no de la libido, que es obra de químicas mucho más complejas que aprender a mudar unos pañales, al menos de los sentimientos, lo que, reconózcase desde ya, no es ganancia pequeña. En cuanto al señor y a sus esporádicas visitas, la primera fue para ver si adán y eva habían tenido problemas con la instalación doméstica, la segunda para saber si se habían beneficiado algo de la experiencia de la vida campestre y la tercera para avisar de que no esperaba volver tan pronto, pues tenía que hacer ronda por los otros paraísos existentes en el espacio celeste. De hecho, sólo acabaría apareciendo mucho más tarde, en una fecha de la que no quedó registro, para expulsar a la infeliz pareja del jardín del edén por el crimen nefando de haber comido del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal.


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