
Cesonia. Hay que dormir, dormir mucho, dejarse llevar y no cavilar más. Velaré tu sueño. Al despertar, el mundo recobrará su sabor para ti. Que tu poder sirva entonces para amar lo que aún puede ser amado. Lo posible también merece una oportunidad.
Calígula. Pero para eso se necesita el sueño, la despreocupación. No es posible.
Cesonia. Es lo que uno cree cuando está rendido de fatiga. Llega el momento en que la mano vuelve a ser firme.
Calígula. Pero hay que saber dónde posarla. ¿Y qué me importa una mano firme, de qué me sirve este asombroso poder si no puedo cambiar el orden de las cosas, si no puedo hacer que el sol se ponga por el este, que el sufrimiento decrezca y que los que nacen no mueran? No, Cesonia, es indiferente dormir o permanecer despierto si no tengo influencia sobre el orden de este mundo.
Cesonia. Pero eso es querer igualarse a los dioses. No conozco locura peor.
Calígula. También tú me crees loco. Y sin embargo, ¿qué es un dios para que yo desee igualarme a él? Lo que deseo hoy con todas mis fuerzas está por encima de los dioses. Tomo a mi cargo un reino donde lo imposible es rey.
Cesonia. No podrás hacer que el cielo no sea cielo, que un rostro hermoso se vuelva feo, un corazón humano, insensible.
Calígula (con exaltación creciente). Quiero mezclar el cielo con el mar, confundir fealdad y belleza, hacer brotar la risa del sufrimiento.
Cesonia (erguida delante de él y suplicante). Hay lo bueno y lo malo, lo grande y lo bajo, lo justo y lo injusto. Te aseguro que todo esto no cambiará.
Calígula (en el mismo tono). Mi voluntad es cambiarlo. Haré a este siglo el don de la igualdad. Y cuando todo esté nivelado, lo imposible al fin en la tierra, la luna en mis manos, entonces quizá yo mismo esté transformado y el mundo conmigo; entonces, al fin, los hombres no morirán y serán dichosos.
