
– Bien, ¿qué tal van las cosas? -se sintió obligada a decir.
Se miraron uno a otro antes de contestar.
– No muy bien -repuso el señor Jardine-. Las cosas no han ido… muy bien.
– Sí, lo comprendo.
Alice Jardine se inclinó sobre la mesa.
– No es por Tracy -comentó-. Bueno, claro que la echamos de menos… -añadió bajando la mirada-. Quien ahora nos preocupa es Ishbel.
– Estamos muy preocupados -añadió el marido.
– Porque se ha ido de casa, ¿sabe? Y ni sabemos por qué ni dónde anda -añadió la señora Jardine rompiendo a llorar.
Siobhan miró hacia el hombre de negocios, pero él no prestaba atención más que a su propia existencia. El camarero sí que se había quedado parado ante la cafetera, y Siobhan le dirigió una mirada como conminándole a que se apresurara a servirles los cafés. John Jardine pasó el brazo por los hombros de su esposa y el gesto le hizo recordar a Siobhan una escena casi idéntica ocurrida tres años atrás: el porche de una casita del pueblo de Banehall del Lothian Oeste y John Jardine tratando de consolar a su esposa. Era una casa limpia y ordenada, orgullo de sus propietarios, adquirida acogiéndose al derecho de compra del programa municipal. Alrededor había calles de casas casi idénticas, entre las que destacaban las de propiedad privada por las puertas y ventanas nuevas, cuidados jardines con vallas renovadas y cancela de entrada. En otro tiempo Banehall había conocido la prosperidad por sus minas de carbón, industria tradicional ya desaparecida, y con ella gran parte del espíritu local. En aquella ocasión, la primera vez que cruzaba la calle principal en coche, Siobhan vio tiendas cerradas con el cartel de «Se vende», gente caminando despacio cargada con bolsas de compra y unos niños junto al monumento a los caídos en la guerra jugando a lanzarse golpes de kárate con las piernas.
