John Jardine era repartidor y Alice trabajaba en la cadena de montaje de una fábrica de componentes electrónicos de las afueras de Livingstone; un matrimonio trabajador para que no les faltase nada a ellos ni a sus dos hijas. Pero una de las hijas había sufrido una agresión una noche que salió a Edimburgo. Se llamaba Tracy. Había estado tomando copas y bailando con un grupo de amigos y hacia el final de la tarde cogieron todos un taxi para ir a una fiesta. Pero Tracy quedó rezagada y mientras esperaba otro taxi olvidó la dirección. Como su móvil no tenía batería, volvió a entrar en la discoteca a pedirle a un chico con quien había estado bailando que le prestase el suyo. El chico la acompañó afuera, caminando pegado a ella diciéndole que la fiesta podían tenerla allí mismo; comenzó a besarla a pesar de sus protestas, la abofeteó, la golpeó, la arrastró a un callejón y la violó.

Todo esto le constaba ya a Siobhan cuando acudió a la casa de Banehall porque había intervenido en el caso y había oído la declaración de la víctima y de los padres. No tardaron en dar con el agresor porque era también de Banehall, vivía tres o cuatro calles más allá de High Street y conocía a Tracy del colegio. Su defensa fue la habitual: había bebido mucho y no recordaba… y además, ella se había mostrado muy predispuesta. Siempre resultaba difícil condenar a un violador, pero, para satisfacción de Siobhan, a Donald Cruikshank, Donny como le llamaban sus amigos, con la cara marcada para siempre por las uñas de su víctima, le habían declarado culpable con una condena de cinco años.

Aquello habría debido ser el final de la relación de Siobhan con los padres, pero unas semanas después del juicio llegó la noticia de que Tracy había puesto fin a sus diecinueve años con una sobredosis de pastillas. Fue su hermana Ishbel, cuatro años más joven, quien la encontró en su dormitorio.



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