
Rebus permaneció apartado hasta que uno de los miembros de la científica le dijo que no había problema.
– No son de ayer y hay pocas posibilidades de destruir pruebas.
Rebus asintió con la cabeza y se acercó al estrecho círculo que formaban los hombres de blanco sobre el suelo de hormigón roto, al lado de un pico. Notó que se le pegaba a la garganta el polvo suspendido en el aire.
– Aparecieron cuando levantaban el hormigón -dijo alguien-.
No parece que sea un suelo muy viejo, pero querrían rebajarlo por algún motivo.
– ¿Qué local es éste? -preguntó Rebus mirando de un lado a otro los montones de cajas y las estanterías con más cajas, unos barriles viejos y carteles de cerveza y licores.
– Sirve de almacén al pub de encima, que tiene el sótano pared de por medio -dijo uno con guantes señalando hacia las estanterías.
Rebus oyó crujir las planchas de madera sobre sus cabezas y el sonido amortiguado de una máquina de discos o de un televisor.
– El obrero comenzó a romper el cemento y apareció esto…
Rebus se volvió, miró al suelo y vio una calavera. Había más huesos y estaba seguro de que completarían un esqueleto en cuanto levantaran todo el cemento.
– Deben de llevar ahí bastante tiempo -dijo el oficial encargado del escenario del crimen-. Menudo trabajito a quien le toque.
Rebus y Siobhan intercambiaron una mirada. En el coche, ella había comentado que por qué les había llegado a ellos la llamada y no a Hawes o a Tibbet. Rebus levantó una ceja como diciéndole que ahora sabía el motivo.
– Un trabajito de asco -insistió el de la científica.
– Por eso estamos aquí -dijo Rebus en voz baja, que recibió una sonrisa irónica de Siobhan por el doble sentido-. ¿Dónde está el obrero del pico?
– Arriba. Dijo que iba a recuperarse con un trago -contestó el de la científica arrugando la nariz, como si hubiera sentido en ese momento el olor a menta en aquel espacio cerrado.
