
– Lo mejor será hablar con él -dijo Rebus.
El agente de la científica señaló con la cabeza una bolsa de basura de plástico blanco que había en el suelo junto a los trozos de hormigón. Uno de sus colegas la levantó unos centímetros; y Siobhan contuvo la respiración al ver otro esqueleto pequeñito y lanzó un silbido.
– Era lo único que teníamos a mano -dijo el agente como excusándose por la bolsa de basura.
Rebus miró también los huesecillos.
– ¿Serán madre e hijo? -comentó.
– Eso tendrán que resolverlo los profesionales -respondió otra voz.
Rebus se volvió y estrechó la mano al patólogo, el doctor Curt.
– Dios, John, ¿todavía en la brecha? Me dijeron que le habían puesto fuera de juego.
– No hago más que emularle, doctor. Voy a donde usted va.
– Lo que nos alegra sinceramente. Buenas noches, Siobhan -añadió Curt con una ligera inclinación de cabeza.
Rebus pensó que, de haber llevado sombrero, se lo habría quitado ante una dama. Era un hombre de otra época, con un traje oscuro impecable, zapatos de cuero reluciente, camisa, y corbata a rayas, que probablemente le definía como miembro de alguna venerable institución de Edimburgo. Su pelo era gris, lo que añadía distinción a su figura, y lo llevaba perfectamente peinado hacia atrás. Miró los esqueletos.
– El Profe lo va a pasar en grande -musitó-. A él le gustan estos rompecabezas -añadió irguiéndose y examinando el lugar-. Y la historia que evoquen.
– ¿Cree que son antiguos? -preguntó Siobhan, pecando de ingenua.
A Curt le brillaron los ojos.
– Desde luego estaban ahí antes de echar el cemento… pero probablemente no mucho antes. No suele echarse hormigón sobre un cadáver así por las buenas.
– Sí, claro -añadió Siobhan, cuyo sonrojo habría pasado inadvertido si la lámpara de arco voltaico no hubiera iluminado brutalmente la escena, arrojando enormes sombras sobre las paredes y el techo.
