
Curt miró el reloj, dispuesto a marcharse.
– ¿Puede decirnos algo más, doctor? -preguntó Davidson.
– La víctima tenía buena salud, aunque acusaba cierta desnutrición. Tenía la dentadura en buen estado; o no se crió aquí o se abstuvo de la dieta escocesa. Hoy mismo enviaremos al laboratorio una muestra del contenido estomacal; de lo que quedaba. Su última colación no fue muy copiosa: arroz y verdura.
– ¿Tienen idea de qué raza era?
– No es mi especialidad.
– Ya lo sabemos, pero de todos modos…
– ¿De Oriente Medio…? ¿Mediterráneo…? -respondió Curt sin alzar la voz.
– Bueno, eso reduce la ambigüedad -dijo Rebus.
– ¿No tenía tatuajes o marcas peculiares? -preguntó Wylie sin dejar de escribir.
– Nada -dijo Curt con una pausa-. Les enviaremos todo por escrito, sargento Wylie.
– Son datos para ir trabajando, señor.
– Una dedicación así no es frecuente hoy día -comentó Curt con una sonrisa que desentonaba en su rostro demacrado-. Ya saben dónde encontrarme si necesitan preguntarme algo más.
– Gracias, doctor -dijo Davidson.
Curt se volvió hacia Rebus.
– John, ¿podemos hablar un momento? -Su mirada se cruzó con la de Davidson-. Es una cuestión personal -añadió, llevándose a Rebus del codo hacia la otra puerta, que daba paso a la zona propiamente del depósito.
No había nadie; al menos nadie vivo; sólo una pared cubierta de cajones metálicos delante del muelle de descarga donde las furgonetas depositaban sin descanso los cadáveres. El único ruido de fondo era el zumbido de la refrigeración. Pese a todo, Curt miró a derecha e izquierda por si alguien escuchaba.
– Se trata de la pregunta que me planteó Siobhan -dijo.
– ¿Aja?
– Dígale, por favor, que estoy dispuesto a acceder. Pero a cambio de que Gates no se entere -añadió Curt aproximando su rostro al de Rebus.
– No ha parado de echarle la bronca, ¿eh?
El ojo izquierdo de Curt acusó una contracción nerviosa.
