Como los patólogos no disponían de despacho, Curt les esperaba en el oscuro pasillo desde el que se oían ruidos en la sala común de personal: el pitido de un hervidor y voces de una partida de cartas al parecer reñida.

– ¿El Profe se ha marchado ya? -preguntó Rebus.

– Tiene clase dentro de diez minutos.

– Bien, doctor, ¿qué nos dice? -terció Ellen Wylie, que hacía tiempo había perdido sus escasas dotes para la conversación intrascendente.

– Doce cuchilladas en total, casi con certeza hechas con la misma arma. Un cuchillo de cocina dentado de un centímetro de anchura. La penetración más profunda es de cinco centímetros -añadió con una pausa como propiciando el chiste de mal gusto, pero Wylie carraspeó a modo de aviso-. Seguramente la herida de la garganta fue mortal de necesidad porque le seccionó la carótida. A juzgar por la sangre en los pulmones, debió de morir de asfixia.

– ¿Hay heridas que indiquen que opuso resistencia? -preguntó Davidson.

Curt asintió con la cabeza.

– En la palma de la mano, en las yemas de los dedos y en las muñecas. Se defendió como pudo de quien fuese.

– ¿Pero cree que fue un solo agresor?

– Un solo cuchillo -Curt corrigió a Davidson-, que es muy distinto.

– ¿Hora de la muerte? -preguntó Wylie, que no paraba de anotar datos.

– Por la temperatura interna del cadáver tomada en el escenario del crimen debió de morir una media hora antes de que se recibiera la llamada.

– Por cierto -preguntó Rebus-, ¿quién avisó?

– Fue una llamada anónima a las trece cincuenta -contestó Wylie.

– O dos menos diez, dicho a la antigua. ¿Fue un hombre?

Wylie negó con la cabeza.

– Una mujer, desde una cabina pública.

– ¿Tenemos el número?

Wylie volvió a negar.

– La conversación está grabada, pero localizaremos desde donde se hizo. Es cuestión de tiempo.



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