
– Tienes buena memoria, Susie -dijo Siobhan.
Como no se habían levantado y el único asiento que vio eran las butacas para las clientas, continuó de pie.
– No me importaría tomar un café, si hay -dijo para congraciarse.
La mujer mayor se puso en pie despacio y Siobhan advirtió que llevaba las uñas pintadas con espirales multicolores.
– No queda leche -dijo.
– Lo tomo solo.
– ¿Con azúcar?
– No, gracias.
La mujer se acercó sin prisas a una despensa en la trastienda.
– Por cierto, me llamo Angie -dijo a Siobhan-. Dueña de El Salón y peluquera de las estrellas.
– ¿Ha venido por lo de Ishbel? -preguntó Susie.
Siobhan asintió con la cabeza y ocupó el sitio que había quedado libre en el banco almohadillado, pero Susie se levantó inmediatamente como alarmada por su proximidad y apagó el cigarrillo en un cenicero al tiempo que expulsaba humo. Se acercó a una butaca y se sentó balanceando los pies y mirándose en el espejo.
– No hemos sabido nada de ella -dijo.
– ¿Y no tienes idea de dónde puede haber ido?
La muchacha se encogió de hombros.
– Yo lo único que sé es que sus padres no pueden más -dijo.
– ¿Y ese hombre a quien viste con Ishbel?
Volvió a encogerse de hombros jugueteando con su flequillo.
– Era un tipo bajo, fornido.
– ¿Y su pelo?
– No lo recuerdo.
– ¿No sería calvo?
– No creo.
– ¿Cómo vestía?
– Llevaba una chaqueta de cuero… y gafas de sol.
– ¿No era del pueblo?
Susie negó con la cabeza.
– Conducía un coche llamativo.
– ¿Un BMW, un Mercedes?
– No entiendo mucho de coches.
– ¿Era grande, pequeño, con techo?
– Mediano…, con techo, aunque a lo mejor era descapotable.
Angie volvió con una taza que tendió a Siobhan y se sentó en el sitio que había dejado Susie.
Siobhan le dio las gracias con una inclinación de cabeza.
