
Siobhan asintió con la cabeza.
– Bueno, no te olvides de llamarme si recuerdas algo más -dijo colgándose el bolso del hombro.
– Claro -contestó Susie, y añadió mirándole el pelo-: ¿No podría arreglárselo?
– ¿Qué le pasa? -replicó Siobhan llevándose instintivamente la mano a la cabeza.
– No lo sé… Simplemente… le hace mayor de lo que es.
– Tal vez sea la imagen que busco -contestó Siobhan a la defensiva camino de la puerta.
– ¿Permanente y retoque? -preguntó Angie a la dienta en el momento en que Siobhan salía del local.
Se detuvo un momento en la acera sin saber qué hacer a continuación. Había pensado preguntar a Susie sobre el antiguo novio de Ishbel, con quien seguía teniendo amistad, pero no le apetecía volver a entrar. Ya se lo preguntaría. Había una tienda de prensa abierta y tuvo el impulso de comprarse chocolatinas, pero decidió ir al pub; así podría decirle algo a Rebus y hasta ganarse algo más su estima si resultaba que era uno de los pocos de Escocia que él no conocía.
Empujó la puerta acristalada y se vio rodeada de linóleo rojo con lunares y papel de relieve en las paredes a juego. En una tienda de decoración lo catalogarían como kitsch, y lo promocionarían como una vuelta a los setenta, pero aquél era auténticamente de los setenta. Había herraduras de latón en las paredes y dibujos enmarcados de perros orinando contra la pared, como si fueran hombres. En el televisor se veía una carrera de caballos, y entre ella y la barra se interponía una neblina de humo de cigarrillos. Había tres hombres jugando al dominó que alzaron la vista. Uno de ellos se levantó y entró en la barra.
– ¿Qué va a tomar, encanto?
– Zumo de lima con soda -dijo ella sentándose en un taburete.
Sobre la diana de los dardos colgaba una bufanda de los Rangers de Glasgow, cerca de una mesa de billar con parches en el tapete. Y ni un solo signo que justificase el tenedor y el cuchillo del indicador de la salida de la autopista.
