
– Ochenta y cinco peniques -dijo el camarero poniéndole el vaso delante.
Siobhan comprendió que su única alternativa era preguntar: «¿Viene por aquí Ishbel Jardine?», lo que no le parecía muy acertado porque se enterarían de que era policía y, además, dudaba mucho que aquellos hombres le facilitasen algún dato de interés en el caso de que la conocieran. Se llevó el vaso a los labios y notó que era zumo concentrado muy dulzón y poco gaseoso.
– ¿Está bien? -preguntó el barman más desafiante que interesado.
– Bien -contestó ella.
Satisfecho, el hombre salió de la barra para reanudar la partida de dominó. Había en la mesa un bote de calderilla con monedas de diez y veinte peniques. Los otros dos jugadores tenían aspecto de jubilados, colocaban las fichas con exagerada brusquedad y daban tres golpecitos si pasaban. Siobhan había dejado ya de interesarles. Miró a su alrededor buscando el servicio de señoras, vio que estaba a la izquierda del tablero de dardos y se dirigió hacia allí. Pensarían que había entrado sólo a orinar y había pedido el refresco como pretexto. Era un servicio, pero sin espejo encima del lavabo, y el vacío lo llenaban unas pintadas hechas con bolígrafo.
«Sean tiene un polvo»
«¡Kenny Reilly chulo!»
«¡Coños uníos!»
«Las chicas reinas de Bane»
Siobhan sonrió y entró en el cubículo. El pestillo estaba roto. Se sentó y se entretuvo leyendo otros grafiti.
«Donny Cruikshank vas a morir»
«Donny pervertido»
«Muerte al violador»
«Muerte a Cruik»
«¡¡¡Juramento de sangre hermanas!!!»
«Tracy Jardine, Dios te bendiga»
Había más -muchas más- pero no todas escritas por la misma mano. Con rotulador negro grueso, con bolígrafo azul, con rotulador fino dorado. Siobhan pensó que la de tres signos de admiración era de la misma mano que había escrito las de encima del lavabo.
