
– Es una maldita pérdida de tiempo -gruñó.
– ¿No hablan? -aventuró Rebus.
– El problema está en los que hablan.
– ¿Por qué? -preguntó Rebus ofreciéndole un cigarrillo que el grueso agente aceptó sin dar las gracias.
– Pues porque no saben inglés. Son gente de cincuenta y siete países distintos -añadió señalando el bloque-. Y hay un olor… A saber qué guisan; pocos gatos he visto yo por aquí -Reynolds captó el gesto de desaprobación de Rebus-. A ver si me entiende, John, no es que sea racista. Pero es que pienso…
– ¿El qué?
– La cuestión del asilo. Quiero decir que, supongamos que uno tuviera que marcharse de Escocia, porque le torturan o por algo… Se iría al país seguro más cercano, ¿no?, por no estar lejos de donde nació. Pero esta gente… -añadió mirando al bloque y meneando la cabeza-. Me comprende, ¿verdad?
– Supongo que sí, Charlie.
– La mitad ni se preocupa de aprender el idioma, sólo de recoger el dinero que les da el Estado y gracias. -Reynolds se concentró en fumar el pitillo con cierta energía, con el filtro entre los dientes aspirando con fuerza-. Usted al menos puede volver a Gayfield cuando le apetece, pero nosotros tenemos que estar aquí hasta que nos digan.
– Espera a que me ponga en situación -dijo Rebus en el momento en que llegó otro coche con Shug Davidson, que regresaba de una reunión para elaborar el presupuesto de la investigación y no parecía muy satisfecho.
– ¿No va a haber intérpretes? -preguntó Rebus.
– Sí, autorizan todos los que queramos -respondió Davidson-, lo malo es que no podemos pagarlos. Nuestro estimado subdirector dice que veamos si el Ayuntamiento puede facilitarnos gratis un par de ellos.
– Y encima eso -murmuró Reynolds.
– ¿Cómo dices? -replicó Davidson.
– Nada, Shug, nada -respondió Reynolds aplastando la colilla como quien toma impulso para chutar el balón.
