– Menos mal que es el último piso -farfulló uno de ellos-. ¿Viven aquí? -preguntó al ver a Rebus y a Siobhan, haciendo ademán de apuntar sus nombres en la lista.

– Debemos de tener mayor aspecto de necesitados de lo que creemos -dijo Rebus mirando a Siobhan-. Somos del DIC, hijo -añadió para el agente.

El otro agente dio un resoplido por el patinazo de su compañero al tiempo que llamaba a la primera puerta. Rebus oyó un vocerío, que llegaba a lo largo del pasillo, hasta que abrieron.

Era un hombre enfurecido y, detrás de él, estaba su mujer con los puños cerrados. Él, al ver a los policías, puso los ojos en blanco.

– Esto es lo último que me faltaba -exclamó.

– Cálmese, señor…

A Rebus le habría gustado decir al joven agente que cuando hablase con una persona enfurecida aludir a su excitación no era lo más adecuado.

– ¿Que me calme? Sí, claro, se dice fácilmente, joven. Vienen por ese cabrón que han matado, ¿verdad? Aquí la gente puede desgañitarse como loca porque le queman el coche o protestando porque esto está lleno de drogadictos, pero ustedes acuden únicamente cuando se queja alguno de ésos. ¿Le parece justo?

– Se lo tienen bien merecido -espetó la mujer.

Vestía un chándal gris con capucha a pesar de que no tenía aspecto de deportista precisamente; era más bien un uniforme, como el de los agentes.

– Me permito recordarles que han asesinado a una persona -replicó el agente abochornado y sonrojado.

Le habían sulfurado y no lo ocultaba. Rebus decidió intervenir.

– Soy el inspector Rebus -dijo mostrando su tarjeta de identificación-. Tenemos una tarea que hacer aquí y les agradeceríamos que colaboren. Así de simple.

– ¿Y a nosotros qué nos va en ello? -replicó la mujer, que se había situado al lado del marido cerrando el paso en la puerta.

Ya no parecía que acabaran de pelearse; ahora formaban un equipo codo con codo.



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