
– Seguro que no… Son todos unos parásitos.
Momento en que Rebus salió fuera a fumarse un pitillo por no preguntar: «¿Y qué hacen ustedes exactamente? ¿Qué añaden al acervo del afán humano?». Mirando aquel barrio, pensó que en realidad no había visto ninguna de aquellas gentes que tanto les enfurecían. Seguramente se aislarían en sus pisos con la puerta bien cerrada, a salvo del odio que suscitaban, uniéndose sólo entre ellos y formando una comunidad aparte. Si lo conseguían el odio aumentaría, pero daba igual, porque si lo lograban quizá podrían marcharse de Knoxland. Y entonces los vecinos volverían a ser felices tras sus barricadas y persianas.
– En ocasiones como ésta me gustaría fumar -dijo Siobhan acercándose a él.
– Nunca es tarde -dijo él sacando la cajetilla del bolsillo, pero ella rehusó.
– Aunque no vendría mal un trago -dijo.
– ¿El que no tomaste anoche?
Ella asintió con la cabeza.
– Sí, pero me refiero a mi casa, en el baño…, tal vez con unas velas.
– ¿Crees que eso te sirve para olvidarlo todo fácilmente? -dijo Rebus haciendo un gesto en dirección al piso.
– No es necesario que me lo digas.
– Todo forma parte del rico mosaico de la vida, Shiv.
– Un mosaico precioso, ¿no es cierto?
Se abrieron las puertas del ascensor y aparecieron más agentes de uniforme, pero éstos llevaban chaleco antibalas y casco. Eran cuatro, entrenados para ser malos, de la dotación de Delitos Graves adscrita a la Brigada Antidroga y provistos del instrumento necesario: la «llave», una barra de hierro que usaban de ariete. Su cometido era entrar en el domicilio de los traficantes con la mayor rapidez posible para no darles tiempo de retirar las pruebas del delito.
– Probablemente bastaría con una patada -les dijo Rebus.
El que iba al mando le miró sin pestañear.
– ¿Qué puerta es?
Rebus la señaló con el dedo. El hombre se volvió hacia los otros tres y les hizo una señal con la cabeza. Colocaron el hierro e hicieron palanca.
