Saltaron astillas y la puerta se abrió.

– Acabo de recordar una cosa -dijo Siobhan-. La víctima no llevaba llaves.

Rebus miró el marco astillado e hizo girar el pomo.

– No estaba cerrada -dijo confirmando lo que ella había dicho.

El ruido había atraído, además de a otros vecinos, a Davidson y a Wylie.

– Vamos a echar un vistazo -sugirió Rebus, y Davidson asintió con la cabeza.

– Un momento -dijo Wylie-. Shiv no trabaja en este caso.

– Ellen, es digno de encomio tu espíritu de equipo -espetó Rebus.

Davidson ladeó la cabeza para dar a entender a Wylie que volviera para continuar el interrogatorio. Entraron en el piso y Rebus miró al que mandaba en el grupo, que ya salía del piso de la víctima. Estaba a oscuras, pero los del grupo llevaban linternas.

– Terreno despejado -dijo el hombre.

Rebus avanzó por el vestíbulo y pulsó inútilmente el interruptor.

– ¿Me prestan una linterna? -Advirtió que al capitán no le hacía mucha gracia-. Prometo devolverla -añadió tendiendo la mano.

– Alan, dale tu linterna -dijo el capitán.

– Sí, señor -contestó el hombre, tendiéndosela a Rebus.

– Mañana por la mañana -puntualizó el oficial.

– A primera hora -contestó Rebus.

El capitán le miraba con mala cara. Luego dijo a sus hombres que habían terminado y se dirigieron al ascensor. Nada más cerrarse las puertas, Siobhan lanzó un bufido.

– ¿Tú has visto eso?

Rebus probó la linterna y vio que daba buena luz.

– Ten en cuenta que su trabajo consiste en irrumpir en casas llenas de armas y jeringuillas. Es normal que actúen así.

– No he dicho nada -se disculpó Siobhan.

Entraron. No sólo estaba oscuro, sino que hacía frío. En el cuarto de estar encontraron periódicos que parecían recogidos del cubo de la basura, latas de comida vacías y cartones de leche. No había muebles y la cocina era diminuta, pero estaba limpia. Siobhan señaló en lo alto de la pared un contador de monedas; sacó una del bolsillo, la introdujo en la ranura, giró la llave y las luces se encendieron.



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