
– Eres el demonio, John Rebus.
– Naturalmente; no tengo por qué ser distinto.
Puso fin a la comunicación y se dirigió al Bar Oxford, donde se tomó despacio una pinta de Deuchar's para deglutir el último panecillo de carne de vaca en conserva con remolacha que quedaba en el expositor. Harry, el camarero, le preguntó si sabía algo del ritual satánico.
– ¿Qué ritual satánico?
– El del callejón Fleshmarket. Ese aquelarre…
– Por Dios, Harry, ¿te crees todas las historias que escuchas en la barra?
Harry procuró disimular su decepción.
– Pero ese esqueleto de niño…
– Es de imitación… Lo pusieron allí.
– ¿Por qué iba alguien a hacer una cosa así?
Rebus reflexionó un instante.
– Tal vez tengas razón, Harry, lo haría el camarero para vender su alma al diablo.
Harry torció la comisura de los labios.
– ¿Cree que la mía serviría para un trato con él?
– No tienes la menor posibilidad -respondió Rebus llevándose la cerveza a los labios y pensando en Siobhan: «Tengo que ir a otro sitio».
Probablemente iba a tratar de localizar al doctor Curt. Sacó el teléfono y comprobó si había suficiente cobertura. Llevaba en la cartera el número del periodista. Holly respondió de inmediato.
– Inspector Rebus, qué inesperado placer…
Lo que significaba que tenía identificador de llamadas y estaba con alguien a quien le hacía saber quién le llamaba, para impresionar.
– Lamento interrumpirle cuando está reunido con su editor -dijo Rebus.
Se hizo un silencio y Rebus sonrió con ganas. Oyó que Holly se disculpaba para salir de donde estuviera.
– Me está vigilando, ¿no?-farfulló.
– Sí, claro, Steve, por andar con esos periodistas del Watergate. -Rebus calló un instante-. Lo he dicho al azar, sin pensar.
– ¿Ah, sí? -replicó Holly no muy convencido.
