
– ¿Somero? -repitió ella.
Curt fingió ordenar unos bolígrafos sobre la mesa.
– Bueno, no había necesidad de consultar con nadie… Es un esqueleto de los que se emplean en las clases de anatomía, Siobhan.
– Pero ¿es auténtico?
– Ya lo creo. En épocas de menos reparos que ésta, la enseñanza de la medicina dependía de objetos como ése.
– ¿Ahora ya no?
Curt negó con la cabeza.
– Las nuevas tecnologías los han desplazado prácticamente del todo -respondió casi con tristeza.
– ¿Esa calavera no es auténtica? -preguntó ella señalando la expuesta en una vitrina con fieltro verde sobre un estante a espaldas del patólogo.
– Oh, sí que lo es. Perteneció al anatomista Robert Knox.
– ¿El que estaba conchabado con los ladrones de cadáveres?
Curt torció el gesto.
– Él no les secundaba, pero ellos arruinaron su carrera.
– Bien. Así que para la enseñanza se empleaban esqueletos auténticos… -dijo Siobhan, advirtiendo que Curt pensaba ahora en su predecesor-. ¿Cuándo dejaron de utilizarse?
– Hará unos cinco o diez años, pero algunos ejemplares siguieron en uso.
– ¿Y la misteriosa mujer es uno de ellos?
Curt abrió la boca sin decir nada.
– Dígame sí o no -insistió Siobhan.
– No puedo decirle… No estoy seguro.
– Bien, ¿qué hicieron con ellos?
– Escuche, Siobhan…
– ¿Qué es lo que le preocupa, doctor?
Él la miró y pareció adoptar una decisión, apoyando los brazos en la mesa con las manos entrelazadas.
– Hace cuatro años, seguramente no lo recordará, hallaron en Edimburgo unas piezas anatómicas.
– ¿Unas piezas?
– Una mano en un lugar, un pie en otro… Al analizarlas se comprobó que estaban conservadas en formol.
