
– Recuerdo haberlo oído -dijo Siobhan asintiendo con la cabeza.
– Resultó que las habían sustraído de un laboratorio como broma de mal gusto. No descubrieron a los culpables, pero la prensa se cebó de lo lindo y nos ganamos serias reprimendas de toda la jerarquía, desde el rector para abajo.
– No veo la relación.
Curt alzó una mano.
– Dos años después desapareció una muestra del pasillo junto al despacho del profesor Gates.
– ¿Un esqueleto de mujer?
Curt asintió con la cabeza.
– Lamentablemente se echó tierra al asunto. Era la época en que estábamos deshaciéndonos de muchos elementos didácticos anticuados -añadió alzando la vista hacia ella y volviendo a centrarla en los bolígrafos-. Y creo que fue por entonces cuando tiramos algunos esqueletos de plástico.
– ¿Uno de niño entre ellos?
– Sí.
– Me dijo usted que no había desaparecido ningún objeto.
Curt se encogió de hombros.
– Me mintió, doctor.
– Mea culpa, Siobhan.
Siobhan reflexionó un instante restregándose el puente de la nariz.
– No sé si lo entiendo. ¿Por qué conservaban de muestra el esqueleto de esa mujer?
Curt volvió a mover los bolígrafos.
– Por decisión de uno de los predecesores del profesor Gates. La mujer se llamaba Mag Lennox. ¿Ha oído hablar de ella? Mag Lennox tenía fama de bruja… Hablo de hace doscientos cincuenta años. Murió linchada por el populacho, que se opuso a que la enterraran por temor a que escapara del féretro. Así que dejaron el cuerpo pudrirse para que quienes tuvieran interés estudiaran sus restos en busca de indicios diabólicos. Supongo que el esqueleto iría a parar a manos de Alexander Monro, quien lo legó a la Facultad de Medicina.
– ¿Y alguien lo robó y ustedes se lo callaron?
Curt se encogió de hombros y echó la cabeza hacia atrás mirando al techo.
