
– ¿Han preguntado por mí? -replicó Siobhan frunciendo el ceño.
– Eso es.
– ¿Cómo se llaman? -preguntó cogiendo libreta y bolígrafo.
– Señor y señora Jardine. Dicen que son de Banehall.
Siobhan dejó de escribir. Los conocía.
– Dígales que ahora mismo voy -añadió mientras colgaba y cogía la chaqueta del respaldo de la silla.
– ¿Otro que nos deja? Parece que nuestra compañía no agrada a nadie, Col -dijo Hawes dirigiéndose a Tibbet con un guiño.
– Tengo una visita -replicó Siobhan.
– Recíbela aquí -propuso Hawes abriendo los brazos-. Cuantos más seamos más nos divertiremos.
– Ya veremos -dijo Siobhan.
Al salir vio que Hawes pulsaba otra vez el botón de la fotocopiadora y Tibbet leía algo en la pantalla del ordenador moviendo los labios. No pensaba recibir allí a los Jardine, con aquel olor, la humedad y la vista al aparcamiento… Los Jardine se merecían algo mejor.
«Y yo», pensó sin poder evitarlo.
* * *
Hacía tres años que no los veía. Habían envejecido mal. John Jardine estaba casi calvo y el poco pelo que le quedaba eran canas. Su esposa Alice también tenía algunas; llevaba el pelo recogido hacia atrás y eso le hacía el rostro más grande y severo. Había engordado y vestía como si hubiera elegido las prendas al azar: una falda larga de pana marrón con leotardos azul marino y zapatos verdes, y blusa a cuadros con chaqueta roja a cuadros. John Jardine se había esforzado algo más, llevaba traje y corbata y una camisa pasable.
– Señor Jardine, siguen teniendo gatos -dijo Siobhan quitándole unos pelos de la solapa.
Él lanzó una breve risita nerviosa, apartándose para que su esposa diera la mano a Siobhan, pero ella en vez de estrechársela se la cogió entre las suyas reteniéndola. La miraba con ojos enrojecidos y Siobhan pensó que la mujer esperaba que ella leyera algo en ellos.
– Nos han dicho que es sargento -comentó John Jardine.
