
– St. Leonard tuvo muy buenos momentos -se vio obligado a admitir Siobhan.
Cuando anunciaron la reestructuración se dijo que ella acabaría en la Dirección General, un rumor que no sabía de dónde había surgido y que al cabo de una semana tuvo visos de hacerse realidad, pero la comisaria Gill Templer la llamó al despacho y le dijo sin rodeos que ella iba a Gayfield Square. Trató de no tomárselo como un golpe bajo, pero en realidad fue eso. Templer, por el contrario, sí que iba al cuartel general. Otros fueron a parar a destinos tan apartados como Balerno y Lothian Este, y unos cuantos optaron por jubilarse. Sólo a Rebus y a ella los destinaron a Gayfield Square.
– Justo ahora que empezábamos a coger el tranquillo al trabajo -comentó Rebus vaciando los cajones de su mesa en una caja grande de cartón-. Bueno, hay que considerarlo en su aspecto positivo: tú podrás dormir más por la mañana.
Era cierto; su piso quedaba a cinco minutos andando. Se acabó lo de ir en coche en horas punta al centro de la ciudad. Era una de las pocas ventajas que se le ocurrían…, tal vez la única. En St. Leonard habían formado equipo y el edificio estaba en mejores condiciones que aquella comisaría tan monótona. El DIC era más espacioso y con más luz, mientras que allí había… Aspiró con fuerza. Sí, había un olor que no acababa de identificar, pero no era a humanidad ni al bocadillo de queso y pepinillos que traía Tibbet todos los días. Parecía emanar del propio edificio. Una mañana en que estaba sola había incluso pegado la nariz a las paredes y al suelo sin descubrir el origen concreto del olor. En ciertos momentos desaparecía para volver poco a poco. ¿Serían los radiadores? ¿El material de aislamiento? Ya no se lo planteaba y no había dicho nada a nadie, ni siquiera a Rebus.
Sonó su teléfono y contestó.
– Departamento de Investigación Criminal, diga.
– Aquí recepción. Sargento Clarke, una pareja quiere verla.
