
– Pero, yo quería que ella… -Miró ciegamente al cráneo-. Tiene diecisiete años, Joe. ¿Sabes que nunca le he oído decir que tenía una cita, que iba a ir al baile del instituto o a un partido de fútbol? Estudia, juega con Toby y dibuja. Esto no basta.
– Tiene amigas. La semana pasada se quedó en casa de Patty hasta bastante tarde por la noche.
– ¿Y cuántas veces ha sucedido eso?
– Creo que está muy equilibrada, teniendo en cuenta su pasado. Te preocupas demasiado.
– Quizá debía haberme preocupado antes. Es que siempre ha actuado con tanta madurez que me olvido de que sólo es una niña.
– No, no te has olvidado de eso. Lo que pasa es que te das cuenta de que las dos sois tan parecidas como dos gotas de agua. ¿A cuántos bailes de instituto fuiste tú cuando eras adolescente?
– Eso es diferente.
– Sí, en vez de educarte en una docena de hogares de acogida, tenías una madre drogadicta.
Eve puso mala cara.
– Muy bien, las dos hemos tenido una infancia difícil, pero yo quería algo mejor para ella.
– Pero Jane también ha de quererlo. Probablemente piense que los bailes de instituto son bastante estúpidos. ¿Te la imaginas con uno de esos vestidos recargados, entrando en una de esas grandes limusinas que los jóvenes alquilan esos días?
– Estaría preciosa.
– Es preciosa -respondió Joe-. Y es fuerte, inteligente y me gustaría tenerla a mi lado si alguna vez me encuentro en un aprieto. Pero a ella no le van las florituras, Eve. -Le sirvió una taza de café y se la llevó-. De modo que deja de intentar forzarla a que adopte ese rol.
– Como si pudiera. Nadie obliga a Jane a hacer algo que no quiera. -Dio un sorbo e hizo una mueca de desagrado-. Lo has hecho muy cargado. Realmente quieres que esté despierta para acabar este cráneo, ¿verdad?
– Sí.
– ¿Por qué? No es propio de ti. Hasta Jane se ha dado cuenta.
