
– Díselo a Joe. Está realmente interesado en que acabe esta reconstrucción.
– ¡Qué raro! Siempre es él quien intenta conseguir que descanses. -Jane apretó los labios-. No te preocupes, ya se lo diré. Alguien ha de cuidar de ti.
Eve sonrió mientras abría la puerta.
– No me preocupo. No, teniéndote a ti de mi parte.
– Joe, también lo está. Pero es un hombre y ellos son diferentes. A veces las cosas se interponen en su forma de pensar.
– Una observación muy profunda. Debes hacérsela a Joe.
– Lo haré. Puede que me haga caso y además le gusta que sea sincera con él.
– Bueno, sin duda lo eres -murmuró Eve al salir de la habitación.
La sonrisa de Eve se desvaneció al cerrar la puerta del dormitorio. Las observaciones de Jane eran típicas de ella; punzantes, protectoras y propias de un adulto. Eve había ido a su dormitorio a consolarla y había sido Jane la que la había consolado a ella.
– ¿Pasa algo? -Joe estaba frente a la puerta de su habitación-. ¿Le pasa algo a Jane?
– Una pesadilla. -Eve atravesó la sala para dirigirse a su estudio-. Pero no me ha hablado de ella. Probablemente piense que las pesadillas son un signo de debilidad y buena es ella para mostrar debilidad.
– Como alguien que conozco. -Joe la siguió-. ¿Quieres un café? Puedo hacer una taza ahora mismo.
Ella asintió con la cabeza.
– Me parece una buena idea. -Eve volvió a situarse delante de su pedestal-. ¿Puedes llevarla mañana al Departamento de Permisos de Conducir?
– Pues claro. Ya lo había pensado.
– A mí se me había olvidado. -Eve hizo una mueca-. Eres mejor padre que yo, Joe.
– Últimamente, no paras de trabajar. -Joe puso el café en la cafetera-. Y eso es culpa mía. Además, Jane nunca había querido tener padres cuando vino a vivir con nosotros. No era precisamente la «huerfanita Annie». ¡Demonios!, puede que sólo tuviera diez años, pero era más astuta que una mujer de treinta. Hemos hecho todo lo posible para ofrecerle un buen hogar.
