El tipo llevaba un cuchillo de monte en la mano derecha. Era difícil distinguirlo en la oscuridad, salvo por el reflejo de la luz de las farolas en la hoja de treinta centímetros. Lo sujetaba con la punta hacia abajo, como si hubiese pensado clavárselo a Pierre en la espalda.

El hombre arremetió, y Pierre hizo lo mismo que cualquier buen muchacho de Montreal que hubiese crecido queriendo jugar con los Canadiens: fintó hacia la izquierda, y cuando el otro se movió en la misma dirección hizo un quiebro a la derecha, embistiéndole. El atacante perdió el equilibrio y Pierre avanzó, con la llave de su apartamento encajada entre sus dedos índice y medio. Golpeó en la cara al desconocido, que aulló de dolor cuando la llave le cortó la mejilla.

Molly corrió hacia el hombre por detrás, saltó sobre su espalda y empezó a golpearle con los puños crispados. El otro empezó a girar, como queriendo atrapar a la mujer que tenía encima, y Pierre aprovechó para usar otra maniobra de hockey y hacerle caer. Pero en lugar de soltar el cuchillo, como Pierre había pensado que haría, lo agarró todavía más fuerte. Al caer, su brazo se torció y su cazadora de cuero quedó abierta. El peso de Molly sobre su espalda hizo que la afilada hoja se le clavase a lo largo en el vientre.

De pronto hubo sangre por todas partes. Molly se apartó del hombre, haciendo una mueca de dolor. El otro no se movía, y su respiración sonaba de forma líquida, burbujeante.

Pierre agarró la mano de Molly y empezó a retroceder, pero entonces comprendió lo grave que era la herida, aquel hombre moriría desangrado si no se le atendía de inmediato.

—Busca un teléfono —le dijo a Molly—. Llama al nueve-uno-uno. —Ella partió hacia Haviland Hall.

Hizo rodar al hombre sobre su espalda y el cuchillo se salió de su lugar. Cogió el arma y la arrojó tan lejos como pudo, por si la herida no era tan grave. Después abrió la ligera camisa de algodón del asaltante, ahora empapada de sangre, exponiendo el corte. El hombre sufría un shock traumático: su tez, difícil de determinar a la pálida luz, estaba de un color blanco grisáceo. Pierre se quitó su propia camisa beige de la Universidad McGill y la enrolló para usarla como vendaje de presión.



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