
Molly volvió a los pocos minutos, jadeando por la carrera.
—Ya viene una ambulancia, y la policía. ¿Cómo está?
Él mantuvo la presión sobre la herida, pero la tela estaba empapada.
—Se está muriendo —dijo con voz angustiada.
Molly se acercó, observando al asaltante.
—¿Le conoces?
Pierre meneó la cabeza.
—Recordaría esa barbilla.
Ella se arrodilló junto al hombre y cerró los ojos, escuchando la voz que sólo ella podría oír.
No es justo, estaba pensando. Sólo he matado a quien Grozny dijo que se lo merecía. Pero yo no merezco morir. No soy un jodido…
La frase no pronunciada se interrumpió abruptamente. Molly abrió los ojos y apartó suavemente de la camisa las manos cubiertas de sangre de Pierre.
—Ha muerto —dijo.
Pierre, todavía de rodillas, se echó hacia atrás muy despacio. Su cara estaba blanca como el hueso y la mandíbula le colgaba un poco. Molly reconoció las señales: ahora era él quien sufría un shock. Le ayudó a apartarse del cuerpo, y le hizo sentarse en la hierba junto a la base de una secoya.
Tras lo que pareció una eternidad, por fin oyeron las sirenas que se acercaban. La policía de la ciudad llegó por la puerta norte, seguida unos momentos después por un coche de la seguridad del campus procedente de la Biblioteca Moffit. Los dos vehículos aparcaron uno junto al otro, cerca de la arboleda.
Los policías de la ciudad eran un equipo sal-y-pimienta: un robusto hombre de color y una mujer blanca más alta y esbelta. El hombre parecía estar al mando. Sacó un paquete sellado de guantes de látex de su compartimiento y se los puso sobre las manos carnosas, acercándose para examinar el cadáver. Le buscó el pulso en las muñecas, después meneó la cabeza y probó en la base del cuello.
