
—Cristo —dijo—. ¿Karen?
Su compañera enfocó la cara del muerto con una linterna.
—Le dieron un buen puñetazo, desde luego —dijo indicando la herida abierta por la llave de Pierre. Entonces parpadeó—. Oye, ¿no le detuvimos hace unas semanas?
El policía negro asintió.
—Chuck Hanratty. Basura. —Meneó la cabeza, pero parecía más intrigado que triste. Se puso en pie, se quitó los guantes y miró brevemente al vigilante del campus, un blanco regordete de pelo canoso que apartaba la vista del cadáver. Después se volvió hacia Pierre y Molly—. ¿Está herido alguno de ustedes?
—No —dijo Molly con la voz temblándole ligeramente—. Sólo algo aturdidos.
La otra policía estaba examinando la zona con su linterna.
—¿Es este el cuchillo? —preguntó mirando a Pierre y señalando el arma, que había caído junto a otra secoya.
Pierre levantó los ojos, pero no parecía oír.
—El cuchillo —repitió la policía—. El cuchillo que le mató.
Pierre asintió con la cabeza.
—Quería matarnos —dijo Molly.
El hombre negro la miró.
—¿Estudia usted aquí?
—No, trabajo en la facultad. Departamento de Psicología.
—¿Nombre?
—Molly Bond.
El policía señaló con la cabeza a Pierre, que seguía con la mirada fija en el espacio.
—¿Y él?
—Se llama Pierre Tardivel. Pertenece al Centro Genoma Humano, en el Laboratorio Lawrence Berkeley.
El oficial se volvió hacia el vigilante del campus.
—¿Conoce a estas personas?
El viejo se estaba recuperando poco a poco; aquel tipo de cosas no tenía nada que ver con llamar a la grúa para que se llevase los coches mal aparcados. Meneó la cabeza.
