
En la última década ha habido, además, un notable, y bastante sorprendente, cambio en la actitud de los científicos sobre el problema de la inteligencia extraterrestre. Este tema no adquirió credibilidad (excepto entre personajes dudosos, como los escritores de ciencia ficción) hasta los años sesenta: la publicación de La vida inteligente en el universo (1966), de Shklovskii y Sagan, marcó el hito.
Sin embargo, se ha producido un retroceso. El fracaso en el intento de encontrar indicios de vida en el sistema Solar, o de registrar señales interestelares que nuestras potentes antenas podrían captar fácilmente, ha llevado a algunos científicos a sostener que « quizás estamos solos en el Universo… » Frank Tipler, el más conocido exponente de esta teoría, ha ultrajado deliberadamente a los seguidores de Sagan dando a uno de sus artículos el provocativo título de « No existe vida inteligente extraterrestre ». Carl Sagan y otros estudiosos sostienen (y yo con ellos) que es demasiado pronto para llegar a conclusiones tan tajantes.
Mientras tanto, esta controversia hace furor; como bien se ha dicho, cualquiera de las dos respuestas será aterradora. La cuestión sólo puede ser zanjada por la evidencia, y no por la lógica, aunque sea plausible. Me gustaría que se dejara reposar esta polémica durante una o dos décadas, mientras los radioastrónomos rastrean, cual mineros en busca de oro, a través de los torrentes de ruidos procedentes del espacio.
Esta novela es, entre otras cosas, mi intento de crear una ficción interestelar completamente real, del mismo modo que en Preludio al espacio (1951) utilicé tecnología existente, o con rasgos de veracidad, para describir el primer viaje del hombre más allá de los confines de la Tierra.
