—¡Mira! — gritó.—¡Lo han hecho otra vez!

Con la mano libre señaló el norte.

—¡Esta vez no voy a dejar que se salgan con la suya, y la alcaldesa podrá decir lo que le dé la gana!

Mirissa se apartó mientras el pequeño catamarán, como si fuera una bestia marina prehistórica que asaltara por primera vez tierra firme, avanzaba lentamente hacia la playa sobre sus rodillos. En cuanto estuvo fuera del agua, Kumar paró el motor y bajó de un salto para reunirse con su todavía iracundo capitán.

— Me paso la vida diciéndole a Brant que puede ser una casualidad, quizá sea un ancla abandonada. Después de todo, ¿por qué razón los del Norte harían algo así?

— Yo te lo diré —respondió Brant—: porque son demasiado perezosos para lograr la tecnología por ellos mismos. Porque tienen miedo de que pesquemos demasiados peces. Porque…

Se dio cuenta de la sonrisa del otro y le lanzó el amasijo de alambres rotos, que parecía la cama de un gato. Kumar lo recogió sin esfuerzo.

— De todas maneras, aunque esto haya sido sólo un hecho accidental, no tienen que anclar aquí sus barcos. Esto está claramente especificado en el cartel: « NO PASAR — PROYECTO DE INVESTIGACIÓN », así que, de todos modos, voy a elevar una protesta.

Brant había recobrado su buen humor, incluso cuando tenía sus más furibundos ataques de ira, sólo le duraban unos minutos. Para mantener un buen estado de ánimo, Mirissa empezó a pasarle los dedos suavemente por la espalda y le habló con su voz más dulce:

—¿Habéis pescado algún pez que valga la pena?

— Por supuesto que no — respondió Kumar—. A él sólo le interesa cazar estadísticas, kilogramos por kilovatio, todas esas tonterías. Gracias a Dios que me llevé mi red. Hoy cenaremos atún.

Se acercó al catamarán y sacó casi un metro de fuerza y belleza aerodinámica. Sus colores ya empezaban a palidecer y sus ojos ciegos tenían la mirada helada de la muerte.



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