— Normalmente no se encuentran piezas como ésta — dijo con orgullo. Estaban admirando su trofeo cuando la historia irrumpió en Thalassa y el mundo simple y sin complicaciones que habían conocido en su corta vida acabó de repente.

La señal de su paso estaba escrita en el cielo como si una mano gigantesca hubiera pasado una tiza sobre la cúpula azul del firmamento. Cuando estaba observándolo, el brillante rastro de vapor empezó a difuminarse en los bordes, convirtiéndose en un manojo de nubes para luego asemejarse a un puente de nieve tendido entre los dos horizontes. Un lejano estruendo se aproximaba desde los confines del espacio. Era un sonido que Thalassa no había oído desde hacía setecientos años, pero que cualquier niño podía reconocer inmediatamente.

A pesar del calor de la noche, Mirissa se estremeció y su mano buscó la de Brant. Éste, aunque entrelazó sus dedos con los de ella, permaneció impasible y siguió mirando fijamente el cielo partido en dos.

Incluso Kumar parecía subyugado, pero a pesar de ello fue el primero en hablar.

— Alguna de las colonias nos debe de haber encontrado.

Brant, escéptico, negó lentamente con la cabeza.

—¿Qué interés tendrían en nosotros? Deben de tener mapas antiguos, y sabrán que Thalassa es prácticamente un gran océano. No tiene ningún sentido que vengan aquí.

— Quizá sea por curiosidad científica — sugirió Mirissa—. Para saber qué ha sido de nosotros. Siempre he dicho que había que reparar la red de comunicaciones…

Ésta era una antigua discusión que se producía cada pocas décadas. En general, todo el mundo estaba de acuerdo en que, algún día, Thalassa debería reconstruir el gran plato de la Isla del Este, destruido en la erupción del volcán Krakan, cuatrocientos años atrás. Pero había tantas cosas más importantes que hacer… o sencillamente, cosas más divertidas.



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