Colgó y salió de su despacho. Sólo podía hacer una cosa, y era ir en persona. Tenía que subirse al coche e ir hasta allí para cerciorarse de que estaba bien.

Salió de su despacho que quedaba en la parte trasera de la segunda planta, bajó la escalera y entró en la cocina. Ula, su ama de llaves, una agradable mujer de cincuenta y tantos años, lo miró sorprendida. Aunque era tarde, parecía tan despierta y descansada como a primera hora de la mañana.

– Señor Ward, qué sorpresa -sus ojillos se arrugaron, pero no sonrió-. No me diga que tiene hambre, porque apenas hace un par de días que conseguí convencerle de que comiera algo. Suele hacerme esperar más antes de aceptar otro poquito.

En condiciones normales, aquella broma le habría hecho sonreír, y le habría contestado que sí, que él no comía mucho, pero que ella tampoco dormía demasiado. Pero aquella noche, la situación era otra.

– Voy a salir -dijo.

– ¿Ahora? ¿Solo?

Comprendía su preocupación, porque normalmente utilizaba la limusina y a uno de sus chóferes, pero no podía esperar.

– Me llevo el BMW. No se preocupe, que no me va a pasar nada.

Y nada le iba a pasar. Muchas más noches de las que Ula sospechaba, se subía al coche y conducía hasta casi el amanecer. Era una vida extraña la suya. Aunque no tenía los poderes sobrenaturales, comprendía bien el temor que la luz del día inspiraba a los vampiros. La única diferencia era que él no quedaría reducido a polvo, sino que simplemente horrorizaría a quienes tuviesen la desgracia de verlo.

– No me espere levantada -le dijo, al tiempo que recogía las llaves que colgaban de una pequeña percha junto a la puerta.

Salió al garaje y, en cuestión de minutos, tomaba dirección este por aquella serpenteante carretera. Veinte minutos más tarde, estaba en la autopista en dirección norte, hacia el valle.

Era bastante más de la media noche y no había mucho tráfico. El BMW devoraba kilómetros mientras él se devoraba a sí mismo con preguntas: ¿qué habría ocurrido? ¿Estaría bien Cathy?



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