Tres horas más tarde, una preciosa enfermera de pelo oscuro y rizado y ojos color chocolate, se sentó agotada junto a él.

– Es ya mi segundo turno -suspiró-, así que perdóneme si no hago frases completas.

– ¿Tiene alguna noticia para mí?

Ella asintió e hizo girar los hombros.

– Cathy Eldridge es una chica con suerte. Acaban de subirla a una habitación. Tengo el número -se buscó en el bolsillo de su pantalón verde de hospital y le entregó una hoja de papel-. Sólo la familia va a poder entrar un par de minutos por ahora.

Él la miró a los ojos.

– ¿Le he dicho que somos primos?

– Ya me imaginaba yo que sería algo así.

– Entonces, ¿está bien?

– Ha tenido mucha suerte, porque no ha llegado a tragar mucho humo. Tiene una contusión en la cabeza que puede presentar alguna complicación, pero nada serio. Estamos esperando que recupere la consciencia. Se ha hecho un esguince de rodilla, y eso sí es un problema. El médico de urgencias piensa que van a tener que operarla y que tendrá que hacer rehabilitación después. Pero en general, el pronóstico es bueno.

Él esperaba algo mejor.

– ¿Está inconsciente?

La enfermera asintió.

– Todos los síntomas son positivos. Podría haber salido mucho peor parada. El humo podría haberle dañado los pulmones, o podría haberse quemado. Los bomberos llegaron hasta ella justo a tiempo.

Debería sentirse aliviado con las noticias, pero no era así. Cathy estaba herida, y él tenía que verla.

Con el papel en la mano, se levantó.

– Voy a subir a verla. Gracias por la información.

– De nada -contestó con una sonrisa de cansancio.



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