
En la segunda planta, buscó el ala correcta y después habló con la enfermera del control.
– Ya sabe usted que no se le permiten visitas -declaró.
– Lo sé, pero necesito verla. Estaba hablando por teléfono con ella cuando se declaró el incendio. Hablamos hasta que se cortó la comunicación.
La mujer frunció el ceño.
– Cinco minutos, ni uno más. No sabrá usted nada de su familia más allegada, ¿verdad? -Y antes de que él pudiera contestar, ella frunció aun más el ceño-. Y no vaya a decirme que es usted su hermano o algo así.
Y él que pretendía ser su primo…
– Cathy me ha hablado de varios amigos, pero no de familia.
– Supongo que encontrarán a alguien -dijo ella.
Él tomó un bolígrafo del mostrador y anotó su número de teléfono en un bloc de notas.
– Este es mi nombre y mi número de teléfono particular. Si no contesto, déjeme el mensaje y yo me pondré al habla con usted.
Ella miró el papel.
– ¿Para qué es esto?
– Mientras encuentran a su familia, yo soy todo lo que tiene Cathy. Quiero estar informado de cualquier cambio que pueda producirse en su estado, y me haré cargo de cualquier factura médica que no cubra su seguro.
La mujer lo miró sorprendida.
– ¿Está usted seguro? Puede resultarle bastante caro.
– No me importa.
Tenía muchas preocupaciones en su vida, pero el dinero no era una de ellas.
– Si usted lo dice, señor… -miró el papel-… Ward. Adelante, pero no se exceda de cinco minutos.
– Gracias.
Stone avanzó por el pasillo y se detuvo frente a la penúltima puerta a la derecha. Había mantenido una relación telefónica con Cathy durante más de dos años, pero no sabía qué aspecto podía tener. Ella le había dicho que era alta y rubia, y él había querido imaginarse a una mujer preciosa, casi una modelo, pero una voz en su interior le había susurrado que eso no era verdad. Y aunque había sido capaz de imaginarse su cuerpo, no había sido capaz de imaginarse su cara.
