
Maldijo a la mujer por tener ventanas en lugar de balcones, como en el piso de abajo, y por haber regresado demasiado pronto.
Desestimó el biombo y el armario, que seguramente usaría cuando quisiera prepararse para dormir, y caminó con presteza hacía la estatua de la esquina. Acababa de ocultarse entre las sombras de su parte posterior cuando la puerta del dormitorio se abrió.
Simon se quedó muy quieto y rezó para que se acostara y se quedara dormida enseguida. Ella caminó hasta la mesita de noche y encendió la lámpara de aceite. Después, ya iluminada por el suave destello dorado, se retiró la capucha de la capa oscura que llevaba.
Simon parpadeó, sorprendido. La señora Ralston era mucho más joven de lo que había imaginado. Según su información, había dejado de ser amante de Ridgemoor un año antes, cuando él dio por terminada la relación que mantenían. Naturalmente, pensó que sería una mujer de cierta edad y que él la habría abandonado cuando ella perdió su belleza. Por otra parte, el conde tenía más de cincuenta años al morir; si Ralston había estado a su lado durante una década, era lógico pensar que tendría, como poco, cuarenta y tantos. Pero no aparentaba más de treinta, si es que llegaba.
Y desde luego, no había perdido su belleza.
La mujer que estaba ante él era de pómulos altos y labios grandes. Resultaba exótica y delicada a la vez. Simon no podía ver el color de sus ojos, pero a tenor de su piel de porcelana y de su cabello dorado, se los imaginó azules y se preguntó si serían azul cielo de verano, azul tormenta en el mar o azul hielo.
Toda referencia al hielo se desvaneció en el instante en que se quitó la capa. Debajo sólo llevaba una camisa, una camisa mojada que se ajustaba a su cuerpo como si la hubieran pintado sobre su piel con pintura transparente.
