
Se quedó sin respiración y durante unos segundos, olvidó dónde se encontraba, quién era ella y lo que estaba en juego. Su conciencia le devolvió inesperadamente la razón y le indicó que el honor y el sentido de la decencia exigían que apartara la mirada; pero en lugar de escucharla, la devolvió a las profundidades remotas de su mente y mantuvo los ojos en su cuerpo. A fin de cuentas, era sospechosa de asesinato. Por motivos que aún debía descubrir, había sacado la carta de la caja, la carta que podía salvarle la vida. Era fundamental que la vigilara y averiguara todo lo posible sobre ella.
Aquella prenda se apretaba tanto contra su piel que, ciertamente, estaba descubriendo muchas cosas. La mirada de Simon descendió sobre sus grandes senos, de pezones duros, y siguió por la curva de su cintura y por sus caderas generosas hasta llegar al vello del pubis, dorado como el de su cabeza., y a unas piernas exquisitas.
Era obvio que la señora Ralston había estado en el manantial de aguas termales de su propiedad. La ciencia afirmaba que eran buenas para el cuerpo, y ella era una demostración categórica.
Cuando vio que se humedecía los labios, clavó los ojos en ellos y se preguntó si eran tan grandes siempre o si estaban algo hinchados porque se había estado besando con alguien. A una mujer como aquélla no le faltarían pretendientes. Seguramente tendría un amante; tal vez su vecino artista o, quizá, si verdaderamente había participado en el asesinato de Ridgemoor, un cómplice.
Sin pretenderlo, se imaginó entrando en el manantial con ella.
– Miau…
El maullido de la gata lo devolvió a la realidad. Sofía corrió hacia él y se restregó contra sus piernas, demostrando ser tan inoportuna como su dueña.
Al verla, la señora Ralston se acercó y Simon contuvo la respiración; no sólo porque corría grave peligro de que lo descubriera, sino porque era tan increíblemente bella que no podía pensar. A lo largo de su vida había sufrido muchas tentaciones, pero ninguna como la visión de Genevieve Ralston mojada y prácticamente desnuda.
