Bajó la mirada y se llevó un disgusto añadido al contemplar su erección. Era lo único que le faltaba. Si lo descubría, sería una situación muy humillante para él.

Pero había algo que no entendía en absoluto. Ridgemoor debía de estar loco para romper su relación con semejante dama; sólo se le ocurría que ella lo hubiera traicionado de algún modo. Simon sabía por experiencia que las mujeres podían ser criaturas extraordinariamente pérfidas, y no creyó ni por un momento que una mujer de tal calibre se retirara al campo para llevar una vida tranquila.

En cualquier caso, Genevieve Ralston poseía una información vital para él y para otras muchas personas. Incluso cabía la posibilidad de que hubiera sacado la carta de la caja porque se sentía culpable de la muerte del conde.

Ella dejó la capa en una mecedora, junto a la chimenea, y él contuvo nuevamente la respiración. Ahora estaba tan cerca de él que la habría podido tocar si hubiera estirado un brazo.

– ¿Qué haces en esa esquina, Sofía? -preguntó-. Espero que no hayas encontrado un ratón.

La gata se apartó de las botas de Simon y caminó hacia su dueña, que la acarició, se acercó al tocador y sacó una camisa limpia de un cajón mientras el felino saltaba a la cama y se acomodaba en mitad de la colcha. Simon suspiró, aliviado, y notó que la mujer había dejado un aroma en el ambiente; el aroma a rosas del frasquito que había examinado poco antes.

De espaldas a él, se bajó la camisa tan lenta y sinuosamente que Simon apretó los puños. Hasta entonces había logrado controlar su reacción física, pero perdió la batalla por completo cuando ella se agachó a recoger la prenda y le mostró una imagen directa y libre de obstáculos de su trasero y de sus encantos femeninos. La visión fue tan impactante que destrozó su concentración y borró cualquier otro pensamiento de su mente, incluido el temor a que lo declararan culpable del asesinato del conde y lo condenaran a la horca.



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