Mientras apretaba los dientes y contenía un gemido, ella alzó los brazos para meterse la camisa nueva y caminó hasta el armario, del que sacó una bata de satén que se puso. La suave tela se pegaba a sus curvas como una segunda piel, pero al menos la cubría. Simon cruzó los dedos para que se metiera de una vez en la cama.

Pero en lugar de eso, volvió al tocador, se puso crema en las manos y empezó a frotárselas, haciendo gestos de dolor de vez en cuando, como si tuviera alguna herida. Después, abrió el cajón superior y sacó un par de guantes. Aquello desconcertó a Simon. Jamás se le habría ocurrido pensar que las mujeres se pusieran guantes para ir a la cama. Cuando se acostaba con alguna, estaba demasiado ocupado o demasiado ahíto como para plantearse cuestiones mundanas sobre los guantes y las cremas de manos.

Su esperanza de que la señora Ralston se marchara a dormir finalmente se esfumó cuando se llevó las manos a la cabeza, retiró las horquillas y se soltó una melena de rizos rubios que le llegaba hasta la cadera. De inmediato, sin poder hacer nada para impedirlo, se imaginó acariciando aquel cabello y envolviéndoselo alrededor de su cintura.

Irritado consigo mismo, cerró los ojos para desvanecer la imagen y se preguntó qué le estaba pasando. Entretenerse con fantasías en mitad de una misión era un error grave, que resultaba completamente inaceptable cuando el sujeto de tales fantasías era una mujer que podía estar implicada en un asesinato.

Genevieve Ralston gimió. Simon abrió los ojos y descubrió que se había recogido el pelo en una coleta y que la estaba atando con una cinta de color azul. Antes de que pudiera preguntarse por el motivo de su gemido, ella se levantó y caminó hacia él.

Todos sus músculos se tensaron. Pensó que habría detectado su presencia, que habría notado que la estaban observando.



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