Por ejemplo, Simon llevaba un rato vigilando, la casa y la había visto salir de su domicilio cinco minutos antes; como sólo tenía un criado, un hombre enorme llamado Baxter, que en ese momento se estaba tomando una pinta de cerveza en la taberna del pueblo, la señora Ralston podía volver a su domicilio antes que él y nadie llegaría a saber que había salido. Nadie, excepto la persona o personas a quienes hubiera visitado. Y el propio Simon, por supuesto.

Escondido entre las sombras de los altos árboles, Simon la había visto alejarse por el camino que llevaba al manantial de su propiedad y a las casas de un par de vecinos. Había averiguado que una de esas casas estaba vacía y que la otra pertenecía a un artista, el señor Blackwell, desde hacía varios meses. Simon no podía saber si la mujer había ido a visitar a Blackwell o si se dirigía al manantial o a algún otro lugar. Podría haberla seguido, desde luego, pero la casa se había quedado vacía y era la oportunidad que necesitaba para entrar y encontrar la caja de alabastro con la carta.

Corrió hacia el edificio con sumo cuidado e introdujo un alambre entre las dos hojas de uno de los balcones. La suerte quiso que las nubes ocultaran momentáneamente la luna, así que pudo tomarse su tiempo y abrir el balcón con la seguridad de que nadie lo vería.

Al entrar en la casa, se encontró en un salón muy elegante. Mientras buscaba la caja, asegurándose de dejar todo en su sitio, notó que la señora Ralston poseía un gusto excelente en materia de muebles y una debilidad no menos obvia por el arte. Las paredes estaban llenas de cuadros y otros objetos, desde paisajes hasta retratos en miniatura, pasando por poemas enmarcados.

Por lo que había podido averiguar durante los dos días anteriores, la señora Ralston no nadaba en la abundancia; sin embargo, sus posesiones eran las de una mujer rica. Simon se preguntó de dónde se las habría sacado. Ciertamente, podían ser regalos de un benefactor muy generoso; pero también el pago de un asesinato.



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