En ese momento oyó un maullido. Un gato blanco y negro, de gran tamaño, lo miró y movió la cola.

– ¿Eres amigo? ¿O enemigo? -murmuró.

El gato se frotó contra sus botas y le pasó entre los pies.

– Amigo, según veo…

Simon se agachó para acariciarle las orejas y obtuvo la recompensa del ronroneo más intenso que había oído en su vida.

– Te gusta, ¿eh? -sonrió-. Debes de ser una gata… eres demasiado bonita para ser macho.

El animal sacudió la cola, se alejó de él, volvió la cabeza y lo miró como si quisiera decir: «Si quieres seguir acariciándome, tendrás que seguirme».

Simon rió. Efectivamente, era hembra.

– Me alegra que no seas un perro grande y ladrador, pero me temo que no tengo tiempo para más caricias -dijo.

Era cierto. Tenía prisa y la caja de alabastro no estaba en aquella sala.

Comprobó el comedor, la biblioteca y la salita de estar con la gata pisándole los talones y metiéndose entre sus piernas a la primera oportunidad que tenía. Todo estaba lleno de obras de arte y de muebles con mucho estilo, pero seguía sin encontrar lo que buscaba. Frustrado, subió por la escalera y se dirigió al dormitorio de la propietaria de la casa. Tras cerrar la puerta a sus espaldas para cerrar el paso al curioso felino, echó un vistazo a su alrededor y observó que aquélla era la habitación más lujosa del edificio, con gran diferencia. La luz de la luna entraba por las ventanas e iluminaba una cama con dosel, una colcha de color verde pálido y varios cojines. Frente a la cama se veía un tocador y un espejo de forma oval, En una de las dos paredes más alejadas había un armario grande, finamente tallado, y un biombo; en la otra, un escritorio y una silla con almohadillado de cretona.



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