Kelly trató de contenerse y de echar mano de su paciencia.

– Creo que ya hemos hablado antes de esto. El caso se ha asignado al detective Espinoza. Yo estoy colaborando con él, dado que fui la primera en llegar a la escena del accidente de su hermana.

– En ese caso, estoy perdiendo el tiempo con usted.

Eso le dolió. Kelly tuvo que apretar los dientes. Se puso de pie.

– Dígale a Espinoza que quiero hablar con él.

– Él no está aquí en estos momentos.

– Esperaré.

– Podría tardar un buen rato.

Matt McCafferty parecía a punto de explotar. Dejó el sombrero sobre la silla y volvió a inclinarse de nuevo sobre el escritorio. Entonces, acercó el rostro tanto al de ella que las narices de ambos estuvieron a punto de tocarse. El aire pareció restallar. El olor a ante húmedo, a caballos y a pinos inundó los sentidos de Kelly. La nieve se le había deshecho sobre los hombros de la chaqueta de piel de oveja y tenía algo de humedad también en el rostro.

– Detective, tiene que entender que se trata de mi familia -susurró, lo que tuvo más impacto que si él hubiera gritado-. De mi familia. Tal y como yo lo veo, mi hermana estuvo a punto de ser asesinada. Además, por aquel entonces estaba embarazada de nueve meses.

– Lo sé.

– ¿De verdad? ¿Se imagina por lo que tuvo que pasar? Se puso de parto cuando el Jeep volcó sobre la ladera y chocó. Tuvo suerte de alguien pasara por allí y llamara a Urgencias. Entre los de la ambulancia y los médicos del hospital de St. James, y mucha ayuda de Dios, consiguió salir adelante.

– Y el bebé sobrevivió -afirmó ella. Recordaba perfectamente lo que les ocurrió a la madre y al hijo.

Resultaba evidente que no iba a ser tan fácil disuadir a Matt. No cejó ni por un instante en su empeño.

– Después de un brote de meningitis.

Kelly agarró con fuerza un bolígrafo que encontró encima de la mesa.

– Comprendo que todo esto es…



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