
– Afortunadamente, el pequeño J.R. es un McCafferty. Es duro y ha podido salir adelante.
– Por lo tanto, está bien -concluyó ella, tratando de mantener los sentimientos alejados de la conversación, algo que, por supuesto, resultaba imposible.
– ¿Bien? -repitió él-. Supongo que sí, a excepción de que necesita a su madre, que sigue aún en coma tumbada en la cama de un hospital -añadió. Durante un breve instante, Matt McCafferty pareció estar genuinamente preocupado por su sobrino. Los ojos marrones se le habían oscurecido por la preocupación. Eso emocionó a Kelly, aunque se negó a demostrarlo. Por supuesto que él estaba preocupado por el niño. Los McCafferty siempre se preocupaban por los suyos, hasta el punto de olvidarse de todos los demás-. Y eso no es todo, detective -añadió.
– Estoy segura de ello -murmuró Kelly, y Matt frunció el ceño ante aquel tono de voz tan condescendiente.
– Es un milagro que Thorne haya sobrevivido al accidente de su avión y que terminara sólo con unos cuantos cortes y hematomas y una pierna rota.
Amén. Thorne era el mayor de los McCafferty, un magnate del petróleo. Había estado pilotando el avión privado de la empresa de regreso a Grand Hope cuando el mal tiempo lo derribó.
– Tal y como yo lo veo, o los McCafferty están teniendo una racha de muy mala suerte o alguien va a por nosotros.
– Randi estaba conduciendo y se encontró con hielo en la carretera. Su hermano estaba volando solo cuando atravesó una tormenta de nieve. ¿Mala suerte o mal juicio en ambos casos?
– O, como he dicho yo, un asesino en potencia anda suelto.
– ¿Quién? -preguntó ella mirándolo a los ojos. No se echó atrás ni un solo centímetro, a pesar de que estaba empezando a sudar. El despacho, tan pequeño, lo parecía aún más que de costumbre con la presencia de Matt McCafferty.
– Eso era lo que esperaba que usted me dijera.
Estaba cerca de ella… Demasiado cerca… Dios. El escritorio que los separaba parecía una barrera muy pequeña.
