
Siempre tenía problemas con su libido. Con una mujer atractiva cerca, siempre le costaba controlarla. No obstante, aquella noche era peor de lo que lo había sido en mucho tiempo.
Era muy sencillo. Se sentía atraído por ella.
No podía ser. Ni hablar. Era una mujer policía que, además, estaba trabajando en el caso de su hermana y que, además, sabía que sentía una enemistad personal hacia la familia McCafferty. Finalmente, decidió que se estaba engañando. Sólo de pensar en ella, sentía que se le tensaba la entrepierna. Se miró en el retrovisor.
– Idiota -susurró.
Al ver que acercaba al Flying M, el rancho que había sido el orgullo y la alegría de su padre, aminoró la marcha.
– Genial.
Aquella mujer estaba fuera de sus límites. No había más que hablar. Aunque no fuera por ninguna otra razón más que por el hecho de que vivía allí, en Grand Hope, lejos de su propio rancho. Si estuviera buscando a una mujer, lo que no era el caso, se la buscaría más cerca de su casa. Dios, ¿de dónde habían salido aquellos pensamientos? Ni quería ni necesitaba a una mujer. Significaban problemas. Y Kelly Dillinger no era una excepción.
La luz de los faros capturó los copos de nieve que bailaban delante de la furgoneta mientras avanzaba por el sendero que llevaba al corazón del rancho. Unas cuantas cabezas de ganado se vislumbraban contra la nieve, pero la mayor parte de las reses había buscado refugio o estaba fuera de su línea de visión. Por fin, tomó una curva del terreno y se encontró frente a la zona de aparcamiento que había frente a la casa principal.
Detuvo la furgoneta bajo un manzano y apagó el motor. Abrió la puerta y rápidamente llegó a los escalones que conducían al porche. Antes de entrar en la casa, se sacudió la nieve que le cubría las botas.
El calor del interior llegó hasta su rostro acompañado de las notas de una alegre y melódica tonada al piano. Se quitó la chaqueta y sintió que el estómago comenzaba a protestarle cuando notó el olor a pollo asado y a pastelillos de canela. Colgó su chaqueta y su sombrero en el perchero y escuchó el sonido de unos piececitos sobre el suelo de madera del piso superior. A los pocos segundos, las gemelas bajaban a toda velocidad por las escaleras.
