
– ¡Tío Matt! -exclamó una de las niñas mientras terminaba de bajar los raídos escalones.
– ¿Cómo está mi Molly? -preguntó Matt mientras se agachaba y extendía los brazos para levantar en el aire a su sobrina.
– Bien -respondió la niña. Sus ojos reflejaban una repentina y poco característica timidez. Comenzó a chuparse un dedo mientras que su hermana, arrastrando una mantita, terminaba de bajar la escalera.
– ¿Y cómo estás tú, Mindy? -le preguntó Matt, repitiendo el gesto que había hecho con su hermana.
Como la música seguía sonando, comenzó a bailar con las dos niñas en brazos. Sólo hacía un mes que conocía a sus dos sobrinas, pero ellas, junto con el hijo de Randi, eran parte de su familia y lo serían para siempre. No se podía imaginar la vida sin Molly, Mindy o el bebé.
Las niñas comenzaron a reír. Sin dejar de bailar, Matt las llevó hacia el salón donde su madre, Nicole, estaba sentada al piano. Los dedos volaban sobre las teclas mientras tocaba maravillosamente una alegre canción.
– ¿Está tocando Liberace? -preguntó Matt.
– ¡No! -exclamaron las niñas, muertas de la risa.
– No, tenéis razón. ¡Debe de ser Elton John!
– ¡No! -gritaron al unísono-. Es mamá.
– Y es una pésima pianista -dijo su madre, dándose la vuelta mientras aún resonaban las últimas notas de la canción. Las niñas se soltaron de los brazos de Matt y corrieron hacia su madre-, pero tú tampoco eres exactamente Fred Astaire o Gene Kelly.
– Oh, maldita sea. Yo creía que sí lo era -bromeó Matt. Se dirigió a la chimenea y se calentó las piernas frente a las llamas-. Me acabas de destrozar con ese comentario.
