– Será la primera vez -comentó Nicole sacudiendo la cabeza. Sus ojos, de color ámbar, le brillaban de alegría.

Harold estaba tumbado en su lugar favorito sobre la alfombra que había cerca del fuego. Levantó la cabeza y bostezó. Entonces, estiró las patas como si fuera a levantarse, pero se lo pensó mejor y volvió a acomodarse sobre el suelo.

– ¿Y bien? ¿Qué has averiguado?

Thorne, con sus muletas, entró en el salón y se sentó en uno de los sillones de cuero. Allí, acomodó su pierna herida sobre un taburete. Llevaba unos pantalones de color caqui muy amplios que le cubrían la escayola que le inmovilizaba la pierna desde el pie hasta el muslo. La expresión de su rostro hablaba más claramente que sus palabras.

– Estoy cansado de estar así…

– Nada. El maldito departamento del sheriff no sabe absolutamente nada.

– ¿Has hablado con Espinoza? -preguntó Thorne.

El sonido de unas botas resonó por la casa, anunciando así la llegada de su hermano más pequeño.

– ¡Un momento! -gritó Juanita-. ¡Quítate esas botas! ¡Acabo de fregar el suelo! ¡Dios! ¿Me escucha alguien alguna vez? ¡La respuesta es «no»!

– ¡Eh! -exclamó Slade, apareciendo en el arco que separaba el salón del vestíbulo y de la escalera. No se molestó en contestar a Juanita, y tampoco se quitó el abrigo-. ¿Dónde diablos has estado? -le preguntó a Matt, frunciendo el ceño sobre sus intensos ojos azules-. Tenemos ganado al que alimentar y Thorne no me está ayudando mucho últimamente.

– Cálmate -dijo Thorne, mirando a su hermano-. Matt ha estado en la oficina del sheriff.

– ¿Han encontrado algo? -preguntó Slade. Su beligerancia fue aplacándose mientras se dirigía al mueble bar para servirse una copa de whisky-. ¿Os apetece algo de beber?

– No, no saben nada y sí, me vendría bien una copa -comentó Matt.

– Nada para mí -dijo Thorne-. ¿Qué es lo que te ha dicho Espinoza?

– Él no estaba. He hablado con la mujer.



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