– Kelly Dillinger -dijo Nicole mientras las gemelas, aburridas ya de aporrear el piano, se bajaron de su regazo y salieron corriendo del salón. Nicole era una mujer alta, de cabello castaño. Por su inteligencia y por su titulación académica, Nicole Stevenson era la pareja perfecta para Thorne. Inteligente, elegante y, como médico de urgencias, no estaba acostumbrada a aceptar órdenes de nadie. Era, sencillamente, la clase de mujer que podía domar a Thorne y hacer que sentara la cabeza.

– Esa misma -dijo Matt, tras aceptar la copa que su hermano le ofrecía. Entonces, tomó un trago y sintió cómo el whisky se le iba abriendo paso agradablemente por la garganta. Trató de apartar todo pensamiento de la detective Dillinger de su cabeza. No le resultó fácil. De hecho, fue más bien imposible. La rebelde pelirroja sabía cómo captar la atención de un hombre.

– ¿Una copa? -le preguntó Slade a Nicole.

– Será mejor que no. Tengo que marcharme al hospital dentro de un rato -dijo. Entonces, se calló e inclinó ligeramente la cabeza-. Oh, oh… Parece que alguien se ha despertado.

Efectivamente, Matt escuchó el llanto del bebé. Se quedó muy sorprendido al comprobar una vez más cómo las mujeres parecían tener un sexto sentido para esa clase de cosas.

– Iré a por él -anunció Nicole. Entonces, los miró a todos por encima del hombro-, pero sus tíos van a estar su cargo esta noche.

– Podemos ocuparnos -dijo Thorne, como si ocuparse de un bebé no supusiera ningún problema. Thorne pensaba que podía con todo, algo que no andaba muy descaminado.

– Sí, claro -replicó Nicole. Entonces, subió la escalera y, poco después, se escuchó su voz hablándole cariñosamente al niño.

– Bueno, ¿qué es lo que ha dicho esa detective? -le preguntó Thorne a Matt.

– Lo mismo de siempre. Que no descartan ninguna posibilidad, pero que no tienen prueba alguna de sabotaje. No hay sospechosos. Cuando Randi se despierte, tal vez podrán averiguar algo más. Si quieres saber mi opinión, un montón de tonterías.



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