
Se tomó de un trago su bebida. Se sentía inquieto, ansioso por hacer algo. Llevaba en el rancho casi un mes, desde que lo llamaron para informarlo del accidente de su hermana. Había ido a gusto y había hecho todo lo que había podido, pero sentía una gran frustración. Tenía su casa, su rancho cerca de la frontera de Idaho. Su vecino, Mike Kavanaugh, le estaba cuidando sus tierras en su ausencia y había contratado a un par de vaqueros para que lo ayudaran, pero Matt estaba empezando a sentir la necesidad de regresar y ver cómo iba todo con sus propios ojos.
– La detective Dillinger está muy bien, si queréis saber mi opinión -comentó Slade.
– Nadie te la ha pedido -replicó Matt.
Slade soltó una carcajada.
– No me irás a decir ahora que no te has dado cuenta -se mofó Slade. Matt soltó un bufido y se encogió de hombros-. Venga ya, admítelo. Siempre has tenido muy buen ojo para las mujeres.
– Y eso me lo dices tú.
– Ya basta -dijo Thorne, justo cuando Nicole regresaba con el bebé.
Matt sintió que el corazón se le deshacía al ver al pequeño J.R., el nombre que los tres hermanos habían acuñado dado que Randi seguía en coma y ni siquiera sabía que tenía un hijo. Se imaginaron que podrían llamarlo Julio o John Randall, como su abuelo. Como había hecho en muchas ocasiones, Matt se preguntó por el padre de aquel niño. ¿Quién sería? ¿Dónde diablos estaba? ¿Por qué Randi ni siquiera había hablado de él?
Matt sintió el aguijonazo de la culpabilidad. La verdad del asunto era que él, como sus hermanos, había estado tan centrado en su propia vida, que había perdido el contacto con su hermanastra, que había representado la ruina para ellos, dado que era la hija de la mujer a la que culpaban de haber arruinado el matrimonio de sus padres.
En aquellos momentos, mirando al bebé, con aquel cabello pelirrojo, Matt sintió una mezcla de orgullo y de algo más, algo más profundo, algo que le asustaba y que le hablaba de la necesidad de echar raíces, de sentar la cabeza y de tener hijos propios.
