Una enfermera entró y se acercó a la cama para comprobar las señales vitales.

– ¿Ha mostrado alguna indicación de que vaya a despertarse? -preguntó Kelly.

– No podría decirle -suspiró la enfermera, que según su placa se llamaba Cathy Desmoña-. Con esta paciente, creo que necesitaríamos una bola de cristal. En mi opinión, no debería tardar mucho en despertarse. Los ojos se le mueven mucho por debajo de los párpados y ha bostezado. Además, a una de las enfermeras nocturnas le pareció que el otro día movía un brazo. Sin embargo, no se puede saber si esto significa que se va a despertar hoy, mañana o la semana que viene.

– Sin embargo, lo hará pronto.

– Eso diría yo, pero no le puedo asegurar nada.

– Comprendo.

Kelly deseó de todo corazón que la mujer despertara y que estuviera lo suficientemente coherente para responder a todas sus preguntas. ¿La había empujado alguien intencionadamente de la carretera? ¿Se había puesto de parto y había perdido el control o acaso simplemente había encontrado una placa de hielo que había hecho patinar su vehículo? Los McCafferty parecían pensar que había alguien detrás del accidente, pero Kelly no estaba del todo convencida.

La enfermera se marchó y Kelly se acercó un poco más a la cama. Sin poder evitarlo, tocó el reverso de la mano de Randi.

– Despierta -dijo-. Tienes mucho por lo que vivir; para empezar, un hijo recién nacido. Además, tienes muchas cosas que explicar -añadió. Le apretó un poco la mano, pero no consiguió respuesta alguna-. Vamos, Randi, échame un cable.

– No te puede oír.

Kelly soltó la mano de Randi y se sonrojó. Había reconocido inmediatamente la voz de Matt McCafferty. El corazón le dio un vuelco.

– Eso ya lo sé.

Se dio la vuelta y se encontró cara a cara con él. Aún iba vestido con los vaqueros y la camisa que llevaba puestos horas antes. Tenía la chaqueta desabrochada y el sombrero en las manos. Su rostro no mostraba un gesto tan hostil como antes, pero aún se adivinaban acusaciones silenciosas en aquellos ojos oscuros. Era tan guapo…



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